Me deshago como un hojaldre bien hecho con la sequedad absoluta y el crujir sereno y eso que no me gusta el hojaldre. Peor sería ser como las palmeras, un mazacote apelmazado, de escamas que no pueden liberarse de una pintura nacarada de azúcar y almíbar. ¿De qué sirven las cualidades envueltas en su contrario? ¿De qué sirve la liviandad de la escama en un denso arrecife? ¿De qué sirve el corazón bueno de un hombre de ignominia y desagrado? ¿De qué sirve un alma indómita en un cuerpo encarcelado? De nada sirve un corazón sobre un altar, siendo bueno y sin latir, de nada sirve un alma suelta sin un cuerpo al que nutrir. Por eso mejor hojaldre, seco y sin sorpresas y aunque me pese, viene bien a la hora del mate. |